Los comemos a diario hace siglos y los exportamos. Y, sin embargo, apenas empezamos a entender todo lo que guardan dentro: la quinua que se siembra en Ayacucho; el tarwi que resiste en los Andes; el sacha inchi que madura en la Amazonía; la palta, el yacón, el sauco. Pero hoy, gracias a un laboratorio en la Agraria, podrían convertirse en la base de nuevos ingredientes funcionales para la industria alimentaria y nutracéutica.
No es marketing ni tendencia: es biotecnología.
En la Universidad Nacional Agraria La Molina (UNALM), investigadores trabajan para extraer de estos cultivos nativos compuestos bioactivos de alta pureza —proteínas, antioxidantes, metabolitos— utilizando tecnologías limpias que ya operan en los principales centros científicos del mundo. El objetivo, lejos de prometer curas milagrosas o atajos comerciales, es identificar con evidencia científica qué componentes de nuestra biodiversidad podrían promover una mejor salud.
En el marco de la convocatoria de Fortalecimiento de Laboratorios, financiado por Prociencia —unidad ejecutora del Concytec—, se ha incorporado al Laboratorio de Biotecnología Industrial y Bioprocesos del Instituto de Biotecnología (IBT-UNALM) dos tecnologías de frontera: un extractor de fluidos supercríticos y un sistema de campo de pulso eléctrico.
En términos simples: con el equipo ahora se pueden obtener compuestos valiosos de granos y frutos usando procesos más limpios, con menos solventes químicos y mayor precisión. Es biotecnología verde. Y eso importa.
La Dra. Rosana Chirinos Gallardo, investigadora del IBT-UNALM, destaca que estas tecnologías permiten transformar la riqueza vegetal del país en salud y bienestar mediante procesos modernos, eficientes y alineados con la biotecnología sostenible. Si bien el Perú no solo exporta materia prima, también biodiversidad, durante años ha vendido granos y semillas sin capturar el valor científico que encierran. Este laboratorio busca cambiar esa lógica: estudiar, caracterizar y transformar esa riqueza natural en conocimiento aplicable.
Así, este equipamiento no solo fortalece la investigación científica, sino que también impulsa la formación de capital humano altamente especializado: Andrés Figueroa, becario doctoral del programa de Nutrición de la UNALM —financiado también por Prociencia—, desarrolla su tesis analizando la bioaccesibilidad y biodisponibilidad de concentrados proteicos obtenidos de materias primas nativas. “Este laboratorio me permite trabajar con herramientas de última generación que antes solo estaban disponibles en centros internacionales”, señala
Eso significa más tesis, más publicaciones, más capacidades instaladas. Significa que jóvenes científicos peruanos pueden formarse con herramientas de última generación sin depender de infraestructura extranjera.
Por ahora, los procesos se realizan a escala de laboratorio, formando así una base científica sólida para que, en el futuro, sectores como alimentos, cosmética, farmacéutica o nutracéutica evalúen desarrollar productos con mayor valor agregado y respaldo técnico.
Porque transformar quinua, tarwi o sacha inchi en conocimiento aplicable no es solo un logro académico. Es una manera distinta de pensar el desarrollo: desde lo que somos y desde lo que tenemos.
